NOVELISTA. AUTORA AUTOPUBLICADA.

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Alex Florentine

IMPLANTES PELIGROSOS (II)



En cosa de una hora ya estoy caminando por la calle. Una calle llena de vehículos enanos y eléctricos que circulan sin ruido y en armonía. Están equipados con un sistema automático mediante el cual, por mucho que quieras incumplir alguna de las normas actuales, no puedes. Sin más. Hoy en día, lo que hacemos (hacen más bien, yo no tengo coche) es mover el volante.

Otra cosa curiosa en estos tiempos es que las dos aceras que tienen las calles están designadas por direcciones. Todos vamos caminando en el mismo sentido. Hacerlo de forma contraria significa ser multado. Las multas hoy en día consisten en trabajar bajo las condiciones de alguno de los «jefes», en lo que ellos consideren.

No hay régimen democrático. Existen dos bandos que equilibran el sistema. Más o menos... Porque el mundo, ahora mismo, está dividido entre los que tenemos grandes recursos y los que no tienen nada. Considerados, como diríais vosotros, esclavos.

Y como las máquinas invadieron todo, no nos son muy necesarios. Así que viven en los suburbios. A las afueras, casi en medio de la nada. Sin obligaciones, pero también sin derechos.

A veces aparece alguno a la vuelta de una esquina corriendo, bien para robar o bien escapando de los drones. Los drones que tenemos en la actualidad son independientes, con inteligencia propia, y van equipados con dos tipos de dardos: unos tranquilizantes y otros que son algo más. Dependiendo de la gravedad de la situación, él decide cuál utilizar.

De repente, casi me tiran. Una chica de cabello trenzado aparece corriendo por una esquina y pega contra mi hombro. Para no variar viene huyendo de un dron. Se pone tras de mí y por mucho que yo intento esquivarla no soy capaz de que se despegue de mi espalda. Se mueve como una sabandija, lo que hace que el «cacharro» acabe apuntándome a mí. Escurridiza como un ninja, termino cogiéndola de las muñecas.

—¿Quieres estarte quieta? Vas a terminar consiguiendo que este «bicho» nos mate —pido mirando al dron, suspendido en el aire un poco más arriba de nuestras cabezas.

La sujeto frente a mí, me mira con ojos irritados y afirma. Unos preciosos ojos grises. Está sucia, pero es hermosísima. Los brazos dejan de oponer resistencia, se relajan.

Entonces, yo levanto el brazo y el dron baja, se acerca. Un láser lee la palma de mi mano con lentitud, como haciendo una pasada similar a la que hacían los escáneres de hace tantos años. Las toberas por donde salen los dardos se dan la vuelta. Ya no hay peligro porque inmediatamente después, el bicho retrocede, gira y se va.

—¿Quién coño eres? —pregunta la chica con cara de sentirse bastante asustada.

Casi se suelta de mi mano. Vuelvo a sujetarla por las muñecas.

—Te acabo de salvar la vida, probablemente. Así que no es modo preguntarme así, casi escupiéndome. ¿Quién eres tú? ¿Por qué huyes? Y sobre todo, ¿qué narices haces dentro del perímetro?

Me mira seria, apretando los labios. Sus ojos se vuelven gris oscuro. Está muy cabreada. Relajo un poco la fuerza de mis manos, sin soltarla. La observo mejor, tiene el pelo cobrizo, seco. Bajo la sucia piel se adivinan unas pecas que ahora resaltan. Está muy enfadada, pero no ofrece resistencia. Espera que siga hablando.

—Soy policía perimetral —sentencio.

De un golpe consigue soltarse de mí, todo sucede en segundos. Pero no se va.

—¿Poli? Vaya. Y no, no me mires así, tío —se jacta poniéndose en jarras frente a mí—. Tenéis un serio problema. Están entrando en vuestro adorado «mundo».

Dice esto subiendo los brazos y haciendo el gesto de inmensidad.

—¿Quiénes están entrando? ¿Qué dices?

 

CONTINUARÁ...

 

Foto: Pexels.

IMPLANTES PELIGROSOS (I)


 

Prometían unos implantes dentales maravillosos.

Última tecnología, nanométrica y con cero casos de rechazo.

Perfecta simbiosis con el huésped mediante máquinas dentro de nosotros haciendo vete a saber el qué.

Comenzamos allá por el siglo XXI con los aspiradores independientes, seguimos con los robots como asistentes para la casa y terminamos al final eliminando todos los carnets de la cartera: un chip en el hombro hacía que estuviéramos identificados y geolocalizados al momento. ¿Sacarlo? ¿Para qué? Además, si lo hacías, te enfermabas de alguna cosa. El porcentaje de casos así era de un ochenta por ciento.

¿Cartera? No es necesaria hace mucho. Este chip también sirve como medio para pagos. Los teléfonos móviles fueron desechados. Los relojes llamados inteligentes tomaron el relevo junto con una operación en la retina cofinanciada (y obligada) por el Estado. Gracias a ella hacemos una especie de videoconferencia porque las llamadas clásicas están prohibidas hace mucho. En verdad, esto es el mejor filtro que existe, pero te obliga a estar adecentado casi las 24 horas del día.

Ahora mismo estoy con la boca abierta frente a un señor vestido con un mono y unas gafas de aviador bastante futuristas. Una máscara con dos filtros cubre su boca y nariz y ahí termina su atuendo. La ayudante es una mujer que siempre está repitiendo los mismos gestos; es un modelo antiguo de robot, pero dice que le va bien. Las limpiezas bucales las hace perfectas, de eso, puedo dar fe. Pero coño, que no pestañea. Y estás inmovilizado en la silla, mirándola y recordando las películas de la década de 1990 acerca de las venganzas de juguetes poseídos.

La silla es futurista. La escena se asemeja a estar en la cabina de una nave espacial; con un sillón junto a un panel de mandos (digo yo, porque nunca estuve en ninguna, pero por las películas, se parece). Ser dentista, hoy en día, casi es ser asistente de un robot. El profesional lo guía todo manejando unos botones en una consola y mirando una pantalla en tiempo real. Unas cámaras de precisión milimétrica van a la cabecera de las turbinas, micromotores y contra-ángulos.

Como si del más preciado diamante se tratara, de dentro de una caja, las finas manos del señor con mono enfundadas en unos guantes de nitrilo, sacan el implante con sumo cuidado. Después lo coloca sobre una base de vidrio y es codificado por una especie de láser.

Ya sabe, porque no es mi primer implante, lo que tiene que grabar.

Gracias a ellos adelgacé casi cuarenta kilos. Cada uno va conectado de forma neurotransmisora al cerebro. Los dientes en sí son detectores y en mi caso, calculan cuánto han mordido y qué narices es lo que estoy comiendo. Con suerte puedo consumir algo poco dulce y con grasas saturadas.

Ese tipo de comida basura sigue existiendo. Y es más basura aún, más barata aún. Los más pobres no pueden permitirse estos tratamientos dentales a la par que tampoco la comida de calidad.

Pero eso interesa. La media de longevidad está en los cuarenta años. La sobrepoblación a día de hoy ya no es un problema.

Pero luego están los piratas. Los que roban implantes. Hay bandas muy organizadas que esquivan todo el control. Tienen miembros que ya quisiera en su plantilla el Servicio de Inteligencia, y re-codifican los dientes. Los venden en el mercado negro e incluso disponen de dispositivos y medios similares para implantarlos. A veces, alguna persona fallece. Las noticias (esas sí que no han variado mucho con el tiempo: los medios informan dependiendo quien les pague) se hacen poco eco.

CONTINUARÁ...

Gracias por tu tiempo ;).

Foto:Pixels

EL OJO DE SEJMET...


 


Un haz de luz ilumina la excavación.

El cielo está rojo y los rayos amarillos se vislumbran perfectamente. Como en una tormenta de verano, cuando no hay nubes.

El fuerte viento comienza a traer una especie de ceniza marrón hasta nuestros rostros. Delante de la tolvanera y bamboleándose entre las dunas, los todoterrenos de algunos compañeros avanzan enloquecidos.

Varias personas, con plásticos y tablas, llegan hasta nosotros, que ya nos asemejamos a unas croquetas con generoso rebozado.

Pequeños remolinos de polvo hacen que se nos seque la boca, que se tapone nuestra nariz y que se irriten nuestros ojos.

Los pulmones comienzan a pesar. Dos compañeros tiran de mí.

Los plásticos y tablas ya cubren la fosa y los incipientes huesos, pero no va a ser suficiente. De un manotazo, me suelto y corro por la ladera de la excavación hacia uno de los vehículos. Uno de mis compañeros, corriendo en contraria dirección, con gestos me pregunta qué narices estoy haciendo. No presto atención y se gira, siguiéndome.

Entro al coche y arranco el motor. Él se sienta al lado diciéndome que estoy loca, que en su parte de la excavación desapareció todo.

Estamos ante una tormenta de fuerza descomunal.

¡Comienza a llover!

Los limpiaparabrisas se rompen al momento a causa de la masa color rojizo que cubre el vidrio. No tengo ni idea de por dónde voy a bajar a donde quiero. De repente, nos inclinamos hacia adelante, hacia el vacío. Y caemos.

La defensa del coche toca la arena del fondo y con un sonido lastimero de la carrocería, se desprende. Nuestras cabezas pegan en el techo cuando las ruedas traseras quedan a la altura de las delanteras.

Acelero, patinan.

¡Más despacio!, grita mi compañero no sabiendo dónde colocar las manos por si volcamos.

Lo hago y el coche avanza. Sigo sin ver.

Espero no cargarme el descubrimiento del siglo: un osario, restos humanos, soldados apilados junto con sus lanzas, arcos, escudos y demás armas. Sobresalen los huesos de un felino grande, sobre ellos y con una expresión tal y como si el animal hubiera sido enterrado con vida.

Lo descubrimos por la mañana y el cielo se tiñó de rojo, pero el servicio de avisos no detectó nada.

Gracias a la sombrilla calculo dónde estamos y paro el coche.

La lluvia es roja como la sangre.

El viento arrecia. El coche parece querer levantarse. Dentro, nos abrazamos y cerramos los ojos. Algo impacta contra la ventanilla. Deja una mancha carmín. Más golpes. Algún alarido.

El viento brama.

Son unos diez minutos horribles en los que por fortuna, no salimos volando.

Sentimos un vacío y entreabrimos los ojos. Las ventanillas están teñidas con los colores de las puestas de sol.

A duras penas, abrimos las puertas. Hay como treinta centímetros más de arena sobre el suelo.

Y muchos bultos, como las jorobas de los camellos, como si bajo la arena hubiera un dragón.

Bajo la arena están los cuerpos de los desobedientes, los indiferentes, los que de verdad no protegieron a Sejmet.

Muchas gracias por vuestro tiempo.

Foto: Taryn Elliott en Pexels.