NOVELISTA. AUTORA AUTOPUBLICADA.


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Alex Florentine

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JUGASTE CON FUEGO...



 

El suelo quema mis pies, es gris tirando a negro, casi tanto como mi vestido. El calor que suelta la tierra hace que gotas de sudor se deslicen por mi espalda y me recuerden tus manos. Tu calavera abrasa mi piel como si fuese un trozo de hueso del que hubiera estado sacando caldo.
Buscaremos un cuerpo para ti; un cuerpo humano quemado y herido, con el que pasarás dolor y sufrirás en tu propia sangre lo que has hecho a mi pueblo. Ninguno más ha sobrevivido; ni de los tuyos ni de los míos. Quedamos nosotros dos. Mi poder me permitirá resucitarte, para después matarte. Después, de que lo clames hasta quedar agotado, pues no serás humano pero sí sentirás dolor. Yo decidiré y créeme, tengo todo el tiempo del mundo.
Estas tierras dejarán de ser yermas, el suelo se transformará en arena y volverán los animales. Antes de partir, verás que la vida inunda todo, nacerán pueblos y se levantarán ciudades. Las personas se moverán en carretas autopropulsadas, hablarán unas con otras a distancia; las casas se construirán altas hasta el cielo, habrá pájaros de metal y sobre carriles de hierro volarán carruajes interminables con muchas personas adentro.
He visto el futuro... 

Foto: DarkSouls1 en Pixabay (con retoque)

CORRE, CORRE... QUE NOS COGEN


 



Por fin, un lugar que podría servir. Pero necesitamos cerrar con algo esta entrada.
Doblados, jadeando, intentando coger el resuello y con nuestras manos apoyadas sobre los muslos, valoramos la opción.
Mi hermana tira de mí; de una ropa rota, desgastada, más que sucia.... Y cubierta de sangre. Ha visto un autobús. Afirmo, y vamos hacia él. Sabemos lo que nos podíamos encontrar adentro. De mis hombros, bajo la escopeta de caza de mi tío. Mi hermana agarra el bate de béisbol con las dos manos, decidida. Los dos preparados.
Se estrelló contra un árbol, pero una rápida mirada hacia la parte delantera me indica, que podría arrancar. Las puertas están abiertas y en las escaleras hay restos de sangre y algún que otro líquido humano, todo seco. Parece que se han arrastrado y salido de él.
Cada uno decidimos entrar por una de las puertas. Arriba, vemos que en efecto no hay nadie. Al menos, entero. Porque hay un verdadero puré oloroso de miembros, músculos, tendones y masas indefinidas, sobre asientos y suelo.
Ahora, queda lo más difícil; intentar arrancarlo y que con el ruido, no llamemos la atención a los que pueda haber cerca.
Por suerte, son como los de las películas antiguas, lentos.
Soplo y giro la llave, sin pararme a mirar que el conductor no debió de morir en el impacto dada la cantidad de sangre que hay sobre todo el panel, asiento y suelo.
El autobús tose, con gana, como si tuviera el mayor esputo negro de su vida dentro de sí. Nada.
Pruebo de nuevo, y tras unas cuantas toses de tono menos doloroso, arranca. Me cuesta mucho girar el volante, pongo la marcha atrás y se desengancha del árbol con un ruido innombrable.
No es mucho el trayecto hacia la entrada al edificio, pero aparecen una docena de ellos delante y varios más entre las calles.
Mi hermana va hacia atrás. Por allí, está libre. Me guía porque en mi puñetera vida he conducido un vehículo tan grande. Por delante van apareciendo más y el murmullo comienza a meterse, de nuevo, en nuestras cabezas.
Llegamos a la altura de la puerta, maniobro y me cuesta bastante enfocar el mastodonte en la entrada. Cuando medio autobús está adentro, la otra mitad pasa con un ruido similar a unas uñas arañando metal. Mi hermana salta las escaleras y se pone como loca a darme indicaciones.
Conseguimos colocarlo delante de la entrada antes de que ninguno se haya colado. Ahora, queda la parte de abajo. Ella lleva mi escopeta. Apunta a los neumáticos mientras miro hacia el edificio.
¿Qué nos aguardará allí?
 
 Foto: Fregona_laser en Instagram
 

JO, JO, JO... FELIZ KARMA


 



00.05 del 1 de enero de cualquier año.
Me pongo la mochila en la espalda, sobre un abrigo símil piel que a su vez, cubre mi vestido rojo. Los zapatos, de tacón, los llevo en las manos. No es plan de llamar la atención.
En el pasillo, solo escucho mi respiración, tranquila, calmada. Estoy acostumbrada.
Paso por delante del ascensor, voy hacia las escaleras, abro la puerta y afino el oído. A lo lejos, se oye la música, las voces apagadas. Solo son ocho pisos y espero no encontrarme con alguien fumando... O cosas peores. La noche en la que estamos, la sociedad se desenfrena.
***
Me quedan la mitad de pisos por bajar; la música, cada vez se oye más cerca. Pienso bien qué decir. Lo mismo de todos los años. Me sonrío. En cuanto llegue al garaje, al coche, deje todo y entre por la puerta principal, solo quedarán unos 365 días para el siguiente. Y otro año más, para mí.
***
Apoyo la mano en la manilla de la puerta y abro…
Las luces, se apagan de repente, pestañean las de emergencia y alumbran al segundo la estancia a su manera. Pero no veo ningún coche, me veo a mí, frente al espejo del baño, en su habitación y manchada de sangre. Mi cuerpo entero vestido con ella, la de él. Me siento mareada, no soy de asustarme y la sensación no me gusta. En absoluto.
Salgo del baño, sobre la cama está su cuerpo, más rojo que el mío, sobre unas sábanas a las que nunca más podrán devolverles la blancura. Me acerco a la mesita donde están las dos copas de champán, llenas aún, una caja de bombones vacía, dos matasuegras y una bolsita de confeti sin abrir. En el suelo, mis pies se enredan con espumillón brillante. Miro al hombre, ni le cerré los ojos y ahora, parece reírse de mí. Veo el reloj, 23.40.
No sé qué pasa, pero debo de ducharme para salir pitando de aquí cuando más bullicio haya en el hotel.
****
00:05... Salgo de la habitación…
****
23.40... Cuando vuelvo a mirar el reloj en ella unos minutos después.
 
Foto:  cortesía de @Javier (javierra7.6 Instagram)

 

LA MUJER...DE LA RECTA...



 


Avanzamos despacio, hacia las luces de la desierta ciudad. Ahí delante no hay nada y sin embargo, las huellas de vehículos, son recientes.
Hace más de diez minutos que no hemos visto a nadie. ¿Cómo es posible, que haya huellas de neumáticos en la carretera si acaba de granizar?
Abro la ventanilla, y afuera no se oye nada. Como si me hubiera metido hasta el cerebro unos protectores auriculares. Todo está en calma, una calma extraña.
Son las dos de la mañana, enero, regresamos de la sencilla boda de unos amigos.
Es viernes y estamos cansados. Un poco más abajo, está el desvío para llegar a nuestra casa. Bajo la mirada hacia el móvil después de hacer la foto; me encanta la nieve.
Cuando la subo, el aparato cae sobre mi regazo porque mis manos se han quedado sin fuerza.
Las manos de mi marido agarran fuerte el volante, y sus pies se van al embrague y al freno.
Nos miramos, con los ojos como platos y con las bocas abiertas. Nos preguntamos, sin hablar, si los dos estamos viendo lo mismo.
Creo, que sí.
Nuestras cabezas se giran hacia adelante, bajamos los seguros del coche y él pone la marcha atrás. Un pie en el acelerador, levanta el del embrague... Y el coche no obedece. Bajo la vista hacia los pedales, niego con la cabeza. Tampoco hay tanta nieve como para que el coche patine.
Vuelvo a mirar hacia adelante. Ella está más cerca...
A través de su vestido, negro, ¿qué digo negro? Es como un tul transparente... Y a través de él, la carretera sigue. Donde debieran estar sus ojos, tiene dos cuencas oscuras, su nariz es chata, sus labios inexistentes y sus dientes puntiagudos. Lo único claro en la monstruosidad, es su cabello; larguísimo y canoso.
—¿A los muertos les crecen el pelo y las uñas?
Escucho la pregunta de mi marido; un susurro...
El ser se tira encima del capó y comienza a arañarlo con las uñas, intentando subir. Está mojado y no puede. Mi mente, con cierta sorna se pregunta cómo es que resbala si es un espectro…
Son como cuchillas sobre piedra, el ruido es insoportable. Pienso en el coche.... Menos mal que es viejo, pero a ver, qué decimos cuando lo mandemos pintar. Si es que lo hacemos…
Mi marido pone primera, el freno de mano, pisa el embrague y pone el pie en el acelerador. Me mira y afirmo. Levanta el pie del acelerador hasta casi quedarse en el aire, el embrague arriba, el coche quiere salir, sus caballos retumban. Pone la mano en el freno de mano, pulsa y lo baja. El coche, al fin, sale disparado. Pero la nieve recién caída evita que las ruedas agarren al asfalto y va para donde quiere.
La mujer desaparece. El coche está descontrolado... Nos vamos a un lado…
Un bocinazo me despierta. Él aún duerme. Elevo el asiento. La carretera está bastante bien gracias a los camiones de transporte que hacen su turno antes de que las grandes superficies abran sus puertas. Quedan dos horas para que amanezca. Hicimos bien en pararnos cuando comenzó la tormenta. Hubiera sido peligroso ir solos por la carretera.

EL ENTE





Hoy, no me dormiré. Te esperaré despierta, con la única ropa que quieres, que lleve puesta; mi piel.
He encendido la calefacción, porque al contrario que tú, yo sí que siento el frío.
Los vidrios de las ventanas se empañan, y afuera, cae agua nieve. Boca abajo, tendida sobre la cama, espero sentirte en breve…
Recuerdo el sábado de la semana anterior. No contaba contigo; ese día, no había tenido tiempo para coger la ouija y decirte el camino.
No debí de cerrar bien la sesión de la tarde y decidiste venir sin invitación. Sabías, que no me molestaría.
Esa noche, bajo el edredón dormía, cuando sentí que se deslizaba, y arrugado, a los pies de la cama se quedaba.
Sentí tu peso, pero no te veía. También me pareció percibir tu aliento a menta entre mis labios. ¿Sabes que guardo, desde hace mucho, un paquete de tus caramelos?
Con los brazos tendidos a lo largo de mi cuerpo, me dejé hacer. Si no te veía, ¿dónde me podría coger?
No sentí frío, tú sobre mí; ardías. Poco después, mi interior, también lo hacía. Me entregué como siempre en vida, llorando a la vez, porque tú, ya no la tenías.
Maldito accidente. Lo estoy recordando en una duermevela, y oigo la puerta. Casi me había dormido, y un aire frío, eriza mi piel poniéndome alerta.
Se abre de par en par y supongo que entras, el frío se hace notar, la sensación de calor en la habitación, desaparece. Me giro, y no te veo; no te huelo, ni te puedo tocar ni saborear. Tampoco te oigo, pero te comienzo a sentir. Imagino sobre mi cuello, que de verdad puedes respirar. Odio no poder acariciarte, sentirme como una muñeca de trapo. Se me quita el frío, el calor fluye dentro mío, y mis sentidos se ponen tan alerta, que pienso que estás vivo.
Creo verte como una sombra, percibo tu hedor; en vez de tu aliento a menta, saboreo tu sangre y hasta escucho tu voz. Alzo mi mano, quiero tocarte el rostro, pero traspasa la neblina. Ahí, vuelvo a llorar y mis sentidos retornan a la normalidad. Ya no te huelo, ni te veo, ni te escucho, ni te oigo... Ni te siento.
Al menos, podías haber cerrado la puerta al salir. En la habitación, hace frío. 
 
Foto: Victoria_Borodinova en Pixabay


INVASION INMINENTE


 


 
El mundo, 2066
En un planeta devastado por el paso del tiempo, la inmortalidad sigue siendo el deseo y obsesión de los humanos. Sobre todo, de los más poderosos. Ellos ya habían tenido la oportunidad de viajar en el tiempo; unos pocos años al futuro, donde, según contaban alarmados a su regreso, nuestro planeta había sido invadido por seres interplanetarios que se alimentaban de nuestra sangre y órganos blandos. Al igual que los zombis se alimentan de cerebros (al menos, según las películas de hacía ya, un siglo). 
Ahora, el interés que tienen, es en conseguir algún tipo de arma con el que evitar eso.
La humanidad sufre una despoblación acusada. Tanto «jugamos» a ser Dios, que los humanos comenzaron a perder su fertilidad. Los dos sexos, sin distinción. Por ende, comenzó el tráfico de bebés; en su versión más siniestra. Las madres son, en sentido literal, vigiladas por máquinas; sin vida ni decisión propia. Y los bebés, se ofrecen a la carta, como si eligieras un café.
¿Quién vigila todo esto? Pues la policía. 
Aquí abajo, los más pobres, nos adueñamos del metro y vivimos como ratas; en los vagones. Mucha de esa supuesta policía, no es a lo que hace muchos años, hacía referencia la palabra. En el presente, sería mejor decir que son una especie de «asesinos a sueldo».
A veces, tenemos que luchar por nuestra vida, nuestras mujeres, y nuestros hijos. Por alguna extraña razón, a cuanto más pobre eres, más fértil. Así que, nuestras hijas, adolescentes, son las que más interés suscitan para los de arriba. 
Querido diario, hoy, es Navidad. En una semana, cambiaremos de año. Temo, que el día menos pensado, me aparten de mi familia. Mientras, sigo intentando contactar con ellos. Lograr entenderme. Son nuestra única salvación contra los poderosos. Mi hija, incluso mi nieta, comprendieron que ante lo que se avecina, es mejor estar bajo tierra.
 
Tony, 25 de diciembre del 2066. 
 

 
 (Me he tomado la libertad, de modificar levemente la foto del autor: by ThomasBalavoine67 (pixabay))

EL CAMPOSANTO


 



 

El estruendo de los pájaros me despierta. Miro por la ventana y constato una neblina considerable. A lo lejos, en nuestro cementerio particular, creo ver una silueta. Con la colcha por capa y sin despertar a nadie, bajo la escalera, tomo una linterna de un cajón del taquillón de la entrada, y abro la puerta.


Unos cuantos cuervos se espantan. Ahora, me acompañan. El suelo susurra mis pasos. Por contra, los árboles están mudos. Siento y oigo mi respiración. Quizás, no debiera haber salido sola del caserón. Hace solo cuatro días que nos hemos mudado. El cementerio privado fue algo que nos llamó la atención el primer día, pero tenemos tanto que hacer en la casa, que no hemos vuelto a bajar hasta aquí. Hay una pequeña portilla, oxidada, medio inclinada; abierta. Los pájaros se colocan formales sobre la verja que rodea el pequeño cementerio. Se callan, ni un graznido. Los susurros de mis pies, cesan. Los árboles siguen callados.

Escucho, y nada. Los pájaros están tranquilos, y deduzco, que de haber alguien, no lo estarían. Con el haz de la linterna ilumino todo. Nada se mueve. Hace frío y decido regresar a la casa. Me doy la vuelta y alumbro el camino de regreso. Salgo de la espesura del bosque y miro al frente. ¿Dónde está la casa? Entrecierro los ojos y fuerzo la vista. Camino un poco más; seguro es por la niebla. Me giro e ilumino a mi alrededor. Nada.

Gracias especiales a mi artista y amiga, Lola Domínguez, por poner mi cabeza en funcionamiento. 

 

APOCALIPSIS


 



Los desplazamientos en cualquier medio por carretera fueron prohibidos. Casi no podías ir ni a un kilómetro de tu casa para comprar alimentos. Si lo hacías caminando, también te podían parar. Entonces, te preguntaban a dónde ibas. Te exigían fotografías de tu frigorífico, alacena, despensa y similares; para justificar, que estuvieras en la calle.


Subieron las tarifas de luz y gas, agua, e internet. Dijeron, que era por la demanda y para poder mantener las infraestructuras. Sin embargo, esos servicios, cada vez tenían más caídas.

Decían que el sol te podía derretir la cara como si fueras de cera. Pero no se ponían de acuerdo en qué lugar y hora del mundo, podía suceder eso. De toda la gente que conocía, esta a su vez, no conocía ningún caso cercano.

Por lo visto, los síntomas comenzaban por la piel, que te empezaba a picar como si te hubieras caído entre ortigas. Después sentías comezón, y al llevarte las manos a la cara, estas se acababan hundiendo en ella con la facilidad a como las hundirías en una bechamel para croquetas.

Pasó el tiempo, necesité víveres, y se me antojaron otros artículos que me apetecía tener, y que estaba en mi derecho de adquirir. Así que, me fui por la orilla de la carretera; por la hierba que ahora pastaban las vacas, caballos y cabras ,que campaban a sus anchas por la ciudad. Las tiendas seguían abiertas decían que, «para lo básico». Y lo básico en mi caso, era un ordenador con el que hacer lo que tenía pensado.

En el camino me encontré a algunas personas, ni palabra nos cruzamos. También teníamos prohibido hablar. Era demasiado pronto para que nos pararan, amanecía, y a esas horas todavía no salían a patrullar. En mi móvil llevaba un justificante para poder entrar a la tienda de electrónica porque se lo tendría que presentar al guardia que estuviera en la entrada. En el bolso de la chaqueta, mi identificación como miembro del consejo de Investigación Científica.

No me giré cuando la última persona con la que me crucé, comenzó a chillar. Apuré el paso. Llegaba la hora y este, era el lugar que me habían dicho.

Gracias, Lola, por motivarme con tu arte. La podéis seguir en;

https://www.instagram.com/lola_dominguez_oficial


CATALEPSIA


 

Tuve el honor de participar en el blog de GalianaYCía, con este relato por partes. Fueron siete días, Julio del 21.

 



LA DESPEDIDA

Es el atardecer de un lluvioso día de invierno, la oscuridad ya inunda todo cuando aún no es su hora, y Gala está esperando el taxi que la llevará a la fiesta de despedida de soltera de una de sus mejores amigas. Vive a las afueras, bastante a las afueras; «en el culo del mundo» habían dicho varias de esas amigas de la ciudad cuando hacía tiempo habían ido a su casa. Lo lleva bastante bien, sus padres ya mayores, habían optado por una vida rural y tranquila y se había mudado con ellos al perder su último empleo. Tiene coche, pero supone que va a beber y no quiere conducir borracha. Nunca lo ha hecho y a sus veintiocho años actuales, no lo va a hacer.

A lo lejos divisa dos luces, el taxi se acerca. Le habían dicho que en diez minutos estaría allí y estaba muerta de frío después de veinte esperando. Es la primera vez que usa esa compañía, pero la que conoce de la ciudad comunicaba todo el tiempo o algo pasaba con la línea. Su cobertura allí es pésima y no quiso usar la aplicación móvil por si algún dato «se perdía por el camino».

Mientras las luces se acercan se hace un selfie y lo sube a su muro de Facebook usando la geolocalización.

«Llegaré en una media hora. ¡Será la fiesta del siglo! Bueno, si te casas una vez, claro», escribe después de hacerse la foto y verse muy favorecida. Tiene la suerte de salir así en todas, su belleza nórdica no pasa desapercibida; con inmensos ojos azules, piel clara con unas leves pecas y cabello rubio rizado tirando a pelirrojo. A pesar de su destacado físico no tiene aún novio, hay algo especial con un ex-compañero de trabajo, pero no se deciden. Tampoco tiene prisa y menos ahora porque quiere encontrar otro empleo. ¡Para algo se había «matado» a estudiar! Habla con él casi todos los días por WhatsApp, pero temas superficiales del trabajo; desde que ha dejado la clínica no se han vuelto a ver salvo en la pantalla del teléfono. Hoy habían quedado un poco antes excusándose de que no podría estar más tarde con él a causa de la fiesta. Lo había notado nervioso y celoso, pero es que, ¡no se decidía!

Pulsa el botón «enviar» cuando el coche frena delante de ella; se guarda el teléfono en el bolsillo de la gabardina, cierra el paraguas, lo sacude y abre la puerta trasera del coche. Cae tanta agua que no se ve quién va al volante, tampoco ha tenido la decencia de bajar la ventanilla para saludar. Al menos el coche es bastante nuevo, tan nuevo como que aún no tiene anuncios por ningún lado y casi tampoco ningún rótulo. En qué cosas se fija. Entra, pone el paraguas a sus pies y mira hacia delante a la vez que las puertas se cierran solas. Un respingo la sacude cuando un hombre de voz grave y seca le pregunta.

—¿A dónde?

Observando la mampara de separación entre la parte trasera y delantera del coche, Gala balbucea la dirección. Nunca ha visto un metacrilato tan grueso ni tan bien anclado a la carrocería del coche.

—Disculpe, hable más alto, con la mampara no la he entendido bien.

Gala repite la dirección más alto y el coche se pone en marcha. Saca su móvil del bolsillo y abre las Redes Sociales apareciendo un mensaje en pantalla: «no se pueden actualizar las noticias». Mira el símbolo de red. Sin cobertura.

ATRAPADA

El taxi frena, gira y sale de repente de la carretera general, desviándose por un camino sin alumbrado que no conoce. El teléfono móvil de Gala tiembla en sus manos y un nudo creciente en el estómago la comienza a ahogar.

—¿A dónde me lleva? ¿Qué pasa? ¡No es por aquí! ¿Por qué nos desviamos?

Su horror va en aumento, su móvil sigue sin cobertura de ningún tipo y por el espejo retrovisor, unos oscuros ojos la miran. La boca a juego con esa oscura mirada no dice nada.

Quiere abrir la puerta y no puede, coge el paraguas y pega al metacrilato, dobla las rodillas y con los pies intenta empujar la mampara. Nada. Piensa con horror que está encerrada.

—¡Hijo de puta! ¿Qué quieres hacer conmigo? ¿A dónde me llevas?

Está muy asustada y la educación ya la ha perdido, escudriña todas las esquinas de la parte trasera e intenta bajar el respaldo del asiento, que no cede. Mira hacia donde tiene sus pies y las alfombras con agua le dicen que no hay salida, que algo le va a suceder. Comienza a llorar en silencio, a temblar, levanta la vista al techo de nuevo y ve un orificio en una esquina, ancho como el agujero de un macarrón de pasta. ¿Qué es eso?

Se estira hacia él y al momento la ciegan un humo blanquecino y un olor picante conocido.

«¡Mierda, me va a dormir! Está echándome gas somnífero», piensa Gala intentando abrir la ventanilla.

Vuelve a coger el paraguas y comienza a darle fuerte al vidrio de la ventanilla ocasionando que la punta de plástico se rompa. Le da la vuelta, lo coge por la mojada tela y comienza a pegar con la empuñadura.

El coche deja de moverse en línea recta y da unos cuantos bandazos haciendo que se quede medio en el suelo. Le pica la garganta y tiene ganas de vomitar, pero lo peor es que nota que está muy mareada. Se vuelve a sentar y se dirige de nuevo hacia el hombre.

—Por favor, por favor… No me hagas daño… —clama.

De repente se da cuenta de que no ha pensado en lo básico, llamar al 112 es posible sin cobertura. Vuelve a sacar el móvil de su bolsillo, sube la mirada al espejo y el hombre frunce el ceño haciendo que el coche vaya de lado a lado. El teléfono de Gala se cae al suelo con dos dígitos en la pantalla: «11». Su mareo va en aumento y vomita en el suelo al otro lado de sus pies. Es como si tuviera millones de pelos en la garganta que la hicieran tener arcadas. Intenta coger el teléfono pero al agacharse y a causa de los vaivenes del coche, se pega con la cabeza en la ventanilla. El efecto es que se quede aún más atontada y dolorida. El olor de su propio vómito la asquea y se deja vencer al final por el gas, acostándose a lo largo del asiento de tres plazas.

—Otra vez a limpiar el puto coche… —refunfuña en alto el conductor, al que ella ya no oye.

EL LUGAR

Gala abre los ojos, los párpados le pesan como si fueran persianas estropeadas. Como capítulos de una película va viendo fragmentos de la habitación donde se encuentra. Paredes de color melocotón descolorido, un armario, una mesita y una silla blancas. En una esquina, al lado de la puerta, hay un pequeño lavabo de pared y un inodoro, tras una pared de pavés de vidrio. Se intenta incorporar y con bastante mareo se sienta en la cama, sin cabecero, y mira hacia la ventana viendo que tiene rejas. Pasea la vista por el techo y la baja sobre la puerta de la habitación, una puerta similar a las cortafuegos de cualquier edificio y con una ventana de ojo de buey.

—Pero ¿qué…?

Lleva una especie de camisón entrado en años y del color de las paredes. Unas zapatillas blancas la esperan en el suelo. Se levanta tambaleándose y arrimada a la pared, sujetándose, va hacia la puerta. Pues sí, la puerta es metálica y tiene cerradura y una trampilla a la altura de la cadera.

—Esto es una puñetera película, no me jodas… —murmura.

La manilla, por supuesto no cede y apoya la oreja en el metal. Fuera, a lo lejos, oye murmullos y lamentos… Y al poco paso que se detienen delante. Levanta la vista hacia el ojo de buey y ve la inexpresiva cara de un hombre.

—¡Ponte para atrás! —le ordena.

Asustada, trastabilla hacia atrás tropezando consigo misma. Por suerte se puede apoyar en la mesita y no llega a caerse. La cerradura suena y la puerta se abre lentamente. Delante de una delgada mujer con una bandeja, entra el hombre que la miraba antes desde el vidrio. Por la indumentaria parece un guardia de seguridad, pero loco.

La muchacha la mira con pena, está escuálida y tiene mala cara. Le deja la bandeja con comida sobre la mesita e inclina la cabeza. El hombre la empuja rápido hacia la puerta, mira a Gala serio y sale, cerrando.

En la bandeja hay una tortilla francesa, un zumo de naranja, un bollo de pan y una manzana. No tiene ni idea de qué hora es. No tiene ni reloj, ni nada…

Se sienta en la cama muy asustada, pero las drogas evitan que entre en un cuadro de ansiedad. Vuelve a levantarse y mira por la ventana; por entre los barrotes ve un inmenso terreno y algunas personas de blanco. Parece una residencia, un hospital o algo así. A lo lejos, de repente, oye aullar a una mujer; no entiende lo que dice, pero pone los pelos de punta. Vuelve a la puerta arrastrándose gracias a la pared y escucha.

—¡Ya viene! ¡Está de parto, joder! ¡Antes de tiempo! ¡Preparad el quirófano, ya!

Ve pasar cabezas al otro lado del ojo de buey, de un lado a otro. Y de repente, la voz de la mujer se hace perfectamente audible aunque no llega a verla.

—¡Sacádmelo ya! ¡Voy a reventar!

De repente, delante de ella aparece la cara del hombre de antes, sonríe y se da la vuelta. Gala no puede ver más, tiene la nuca de él al otro lado. Sin embargo, lo que oye asusta…

Silencio.

Se sienta de nuevo y se pone a comer mecánicamente. Lo que está pensando es de película, mucho. De repente nota un tirón en el abdomen y calor vagina abajo. ¿La regla? Si acaba de tenerla.

TRÁFICO

Se levanta nerviosa, se sube el camisón y ve que efectivamente, en la braga tiene una mancha roja.

Al momento oye la cerradura de la puerta y no le da tiempo casi a bajárselo cuando entra otro hombre diferente al de antes y dos enfermeras —o algo así— detrás.

—Ten —le dice la mujer más mayor con mala cara dejando un camisón, una toalla y una esponja sobre la mesita—, aquí tienes para asearte y —coge de manos de la muchacha escuálida de antes una bolsa de compresas—, aquí tienes para tu ciclo menstrual.

Gala se queda escuchando, de pie, con los brazos a lo largo de su cuerpo sin decir nada ni agradecer. ¡Faltaría más! Se vuelven a ir y la muchacha la mira a los ojos con expresión de pena, sufrimiento y susto.

Después de que se vayan, en el pequeño lavabo anclado a la pared moja la esponja de la que sale espuma y se asea lo que puede, se seca y se pone otro camisón. El atontamiento de cabeza se le comienza a ir, pero algo le dice que gritar y chillar, preguntar y negarse a hacer lo que le dicen, no haría sino que empeorar las cosas.

Se vuelve a sentar en la cama y acaba la comida, al menos debe de coger fuerzas. Su estómago se encuentra mal, espera que no le hayan inyectado ningún ansiolítico o medicamento a los que tiene alergia.

Justo al poco de terminar y echando de menos un cepillo de dientes, vuelve a sonar la cerradura de la puerta. Esta vez entra el hombre y la seca enfermera mayor. La joven no viene con ellos.

—A ver, siéntate ahí, te tengo que inyectar unas cosas.

Gala se queda petrificada y no hace lo que le dice.

—Querida, si no lo haces por las buenas, vendrán y te lo harán por las malas. Tú decides. Yo solo hago mi trabajo.

—¿Qué me vas a poner? ¿Inyectarme, el qué? ¿Para qué?

—Solo son dos pinchazos de nada. Venga, no te lo vuelvo a repetir.

El hombretón se acerca a Gala y ella levanta una mano.

—Vale, ya voy. —Le frena acercándose a la mujer y sentándose en la cama.

—¿Qué son? Al menos, me lo podrías decir, ¿no?

—Un calmante nada más, tranquila.

—¿Estoy secuestrada? ¿Para qué? La mujer de antes, ¿estaba pariendo? ¿Qué hacéis en este lugar?

—No preguntes tanto… A ver, primero esta… —dice la mujer inyectándole la primera jeringuilla—, y ahora…

—Espera —ordena Gala, haciendo que la mano de la mujer se pare en alto—. Soy alérgica a algunos medicamentos. ¿De verdad quieres poner mi salud en riesgo?

La mujer se queda parada y con una mueca al final responde:

—Tengo órdenes, tampoco te va a interferir mucho con la de las hormonas.

—¿Hormonas? —Gala salta y el hombre apoya una manaza en su hombro. ¿Qué hacéis? ¿Nos fecundáis aquí? ¿¡Esto es tráfico de bebés!?

—Cielo —responde la agria mujer acariciándole una mejilla e inoculándole el líquido—, no se puede ser tan bonita. Hay muchas familias ricas esperando por bebés hermosos. —Se ríe con una mueca.

El embotellamiento vuelve a su cabeza mientras la mujer y el guardia salen. Se levanta aprisa y casi no llega al inodoro, donde vomita todo el contenido de la bandeja.

CATALEPSIA

Lleva un tiempo sentada en la cama tras haber vomitado. Está cada vez más atontada y nota la lengua dormida.

«Mierda, no. Una reacción, les avisé», piensa Gala tosiendo y levantándose. Sus piernas son de goma y el cuerpo no le responde. Nota esa sensación como cuando duermes y te caes a un pozo sin fondo… Todo se queda negro y de su boca no sale ni un grito de auxilio.

—¡Mierda, joder! Me dijo que tenía alergias a medicamentos.

La mujer rancia y mayor de antes está con tres personas más allí; un vigilante, un trajeado hombre que está rascándose la barbilla tras ellos y otro más joven que ausculta el cuerpo.

—Pues, creo que ha tenido una reacción, ¿eh? No encuentro su pulso, está fría y no noto actividad respiratoria. Casi me atrevería a decir que está rígida. Vamos, que os la habéis cargado…

—Con lo bonita que era… Lástima —murmura el hombre de detrás. Ya sabéis lo que tenéis que hacer…

Se retira y los demás se miran y salen. Al poco, entran la escuálida muchacha de la bandeja y otro chico con no mejor apariencia.

—Pobre, esto pudo pasarme a mí. O pude morir pariendo, como les pasó a algunas. No les importamos nada, solo el negocio —dice suspirando la chica.

—Mientras les seas útil, aquí te tendrán. Suerte has tenido que aunque ya no puedas parir, estés viva, mira a otras. Gracias a que eres eficiente en la limpieza y la cocina; sin preguntar nada cuando te ordenan hacer cosas como esta.

La muchacha suspira de nuevo y extienden una bolsa para cadáveres en el suelo. Entre los dos meten a Gala dentro y cierran la cremallera. En otra bolsa de basura blanca y grande, recogen el poco rastro de la mujer allí. La muchacha sale dejando la puerta abierta mientras el chico espera de pie, al lado. Vuelve al poco con un carrito de limpieza.

—Bueno, ahora vienen a llevársela. Yo, a lo de siempre. A limpiar cualquier rastro…

En menos de un minuto aparecen otros dos hombres con una camilla. Suben el cuerpo como si Gala fuera una pluma y se van. El chico sale tras ellos cerrando despacio la puerta.

La muchacha limpia con una bayeta jabonosa el colchón, muebles, inodoro y lavabo. Ha tirado todo a una bolsa de tela que irá para la lavandería. Antes de ponerse a fregar el suelo se sienta sobre el colchón y hunde su cara entre las manos. Recuerda a sus ocho bebés, ¡ocho bebés que le quitaron de las manos en habitaciones como aquella! Hasta que sufrió un aborto complicado y tuvieron que quitarle todos los órganos reproductores. Durante esos ocho años o poco más, porque hubo veces que no se preñaba, sufrió también abusos por parte de vigilantes y del personal. No podía hacer nada, eran trozos de carne con un fin. Normalmente eran fecundadas por medio artificial, pero si alguna llamaba la atención, permitían a «los buenos trabajadores» abusar de ellas. Y estos, abusaban de todas las maneras; había algunos muy locos que daban auténticas palizas a las mujeres antes de violarlas porque sencillamente, eso les excitaba.

Se levanta, se limpia los ojos con sus resecas manos y acaba de limpiar la habitación, preparándola para otra «madre».

LIBRE

Gala se despierta de repente, ahogada.

—¿Qué coño?

Da con las manos y sobre su cabeza, al plástico negro que la impide respirar. ¿Qué hace allí? Está sin aire y sudada.

—Joder, esto es una bolsa para cadáveres.

Busca la cremallera, la encuentra y desliza la mano hasta el inicio; con dificultad la comienza a abrir desde dentro.

El olor allí es insoportable, huele a muerte. El suelo sobre el que está es abultado y duro, irregular. De algún lado, de arriba, entra una leve luz.

Con mucha dificultad abre una parte de la cremallera, saca una mano y accede al tirador consiguiendo a duras penas hacerse un hueco por el que salir. Apoya las manos sobre algo blando y pútrido.

—Dios mío… Dios mío… —murmura cuando se arrastra y ve el suelo sobre el que se encuentra. Son cuerpos humanos en diferentes estados de descomposición. ¡Mujeres y bebés! Saca las piernas dela funda y poniéndose de rodillas mira hacia arriba viendo que está en una especie de pozo con poca profundidad. Intenta moverse sobre los cuerpos más antiguos, medio calcinados, medio osificados. Supone que de vez en cuando, alguien «va por allí» y los quema.

—He tenido suerte, me ha dado una catalepsia y parece que los médicos allí van a lo más rápido y pensaron que estaba muerta. Pero ahora, ¿cómo salgo de aquí? —se pregunta a sí misma.

Observa las paredes, comienza a ver mejor y palpa buscando salientes; hasta que con las manos encuentra varios con una buena correlación, benditas clases de escalada. Con aprensión quita un cadáver que la impide llegar al suelo y sigue tocando la pared. Es como una escalera en la piedra, o algo similar a una. Se levanta y apoya sus pies en las primeras piedras, sube sus manos y se agarra a otros salientes, luego sus pies buscan apoyo más arriba; por suerte la pared está seca y no le es difícil. Debe de hacer días que no saben nada de ella, anoche había llovido. Queda menos de medio metro para llegar arriba, cuando lo haga, tendrá que asomarse despacio.

Saca lentamente la cabeza, nadie, solo tierra llana. Gira el cuello a ambos lados hasta donde le permite ver. Con ímpetu dobla los brazos y se da fuerza con las piernas. ¡Fuera! Se tira boca arriba sobre la tierra. Agradece el sol, pero le recuerda la sed que tiene.

Despacio, se va incorporando. Divisa plantas y flores aquí y allí, se acerca a ellas, las observa y elige varias rompiéndolas en trozos y masticando. Por allí no hay nadie salvo una antigua fábrica abandonada; con cuatro esqueletos y algunas pintadas en las columnas.

Se acerca arrastrando los pies, está agotada. Espera que si hay alguien allí, sea al menos misericordioso y no quiera encima, abusar de ella.

En algunas esquinas hay colchones y ropas raídas, restos de plásticos con comida y bichos.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

Silencio.

—Lo siento, yo, necesito comer ¿vale? Voy a coger esto que tenéis por aquí…—dice metiéndose entre las arcadas, comida mohosa en la boca.

El silencio sigue.

Come todo lo que puede y consigue no vomitar. Para la sed solo encuentra restos de alcohol en botellas, gota a gota aplaca su cansancio.

Ya reconfortada, da unas vueltas por la zona a ver si encuentra algo que le sirva. Se pregunta dónde estará aquella gente. Aunque hace tiempo, por los restos de comida, que no parecen estar por allí.

De repente ve una destartalada bicicleta infantil en una esquina.

EL REENCUENTRO

La bicicleta no está en mal estado, es pequeña, pero tampoco ella es muy alta y es delgada. Se sube y casi se cae porque hace «mil años» que no anda en una. De pie, rasga su largo camisón, se sienta de nuevo y pedalea lentamente, sin destino, pero con la principal idea en su mente: escapar.

Sin perder de vista la carretera, pero bastante camuflada entre los pocos árboles que hay al borde de ella, va buscando una salida. No conoce el lugar, al menos de momento, no se suena de nada. No es transitado ni hay indicaciones. Está muy cansada, pero tiene que seguir porque ahí, pueden encontrarla.

Oye el motor de un coche a lo lejos y se tira al suelo con la bicicleta. En esa zona, no. En esa zona tiene que desconfiar de todos.

Cuando pasa, sigue. Pedaleando hasta que la zona cambia y se encuentra con otro camino. Este está asfaltado, va bien encaminada. Se para tras el tronco grueso de dos árboles juntos y observa a su alrededor intentando recordar. Aún nada, no le suena nada.

Descansa un poco más y sigue pedaleando, escondiéndose lo que puede. Comienza a oscurecer, mejor para ella porque no la verán, pero también peor, porque si llega la noche, ahí tampoco ella verá nada. Saca fuerzas y decide ir a la derecha pedaleando más rápido. No hay casas, solo restos de algunas que supone, eran de los trabajadores de la fábrica.

Pedalea y pedalea, y sigue oscureciendo cuando de repente, distingue en el cielo luces, seguidas e iguales.

—¡La carretera! —chilla, no ha podido evitarlo.

Llorando pedalea más rápido, le duele el cuerpo y piensa que va a echar los hígados por la boca.

Está viendo el desvío y se queja, maldita bicicleta no acaba de llegar.

Espera que de vez en cuando pase algún coche más por allí, aún no es tarde y la gente vuelve de trabajar. Pero también tiene que tener cuidado, si ve coches oscuros, no. Como ese maldito taxi…

Pedalea alumbrada por las bombillas de las farolas clavadas en palos de madera, helada por la bruma que aparece a esas horas, pero el frío es lo de menos.

En lo que cree son unos diez minutos no pasa ningún vehículo; de repente, tras ella oye el motor de uno que se acerca. El coche pone las luces largas y ve su sombra negra en la bicicleta, sobre la carretera. ¿Serán ellos? Acelera, está azotada, y solo piensa en fue mala idea salir a la carretera principal. Seguro que vuelven a buscarla porque han ido al pozo.

La bicicleta no soporta tanta velocidad y chirría. Gala vuelve a llorar.

—¡Por favor, por favor, dejadme! —chilla.

Un bache en el camino hace que pierda la dirección y que acabe medio cayendo. Allí, parada, ve los faros del coche acercarse. Al menos no es negro ni oscuro, es rojo. Se baja una silueta, un hombre, y ella se deja caer al suelo, temblando y exhausta, clamando.

—¡Gala! ¿Pero qué te ha pasado? ¡Te hemos estado buscando! ¿Estás bien? ¡Cariño, ¿estás bien?!

Gala se desmaya viendo la cara del que fue su ex compañero de trabajo.

«112, ¿en qué puedo ayudarle?», responde una voz en el móvil del chico.

—¡La he encontrado, la he encontrado! Manden una ambulancia; por favor, rápido a…