NOVELISTA. AUTORA AUTOPUBLICADA.


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Alex Florentine

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ALIENTO


 


Tu aliento es como viento que remueve arena en el desierto
y erizas mi piel poniédome el vello de punta.
Son emociones con las que nuestros corazones laten al compás
que marca un metrónomo,
haciéndonos ver estrellas, tierras y galaxias
no descubiertas por ningún astrónomo.

Tus labios dibujan oasis sobre esta tierra yerma
al transformarse tu vapor, en agua sobre mi piel.
Dejando pequeñas zonas húmedas sobre ella,
mientras en los míos ansío tu miel.

Tus manos son el fuelle que aviva una fragua para forjar un metal
al deslizarse con lentitud sobre mi ser y de una forma letal;
hacia abajo, a la vez que tus ojos no dicen nada
y los míos piden que de una vez, descargues tu agua.


Gracias por pasaros, siempre. Kiss, beso, 接吻, beijo, baiser, kuss.

Foto: Ana María Moroz en Pexels

EXCESO DE SEGURIDAD


 


Bárbara hizo honor a su nombre cuando un día abrió los ojos.
Esos ojos muchas veces hinchados y violáceos, y casi siempre, tapados por unas gafas de sol con grandes y oscuros cristales.
El ruin tenía contactos y amistades en todos lados, así que sería bastante difícil que no se enterara de sus planes, pero iba a intentarlo.
Al lado de donde vivían, a poco más de media hora en metro, había encontrado un local en el que impartían ese tipo de defensa personal, técnicas de autoprotección. Debía de prepararse para vencer a cualquier atacante, sin importar su apariencia.  Sin armas, solo con anticipación.
Tres días a la semana simulaba ir a un cursillo de pintura. Esa era una de sus pasiones y también su distracción. No necesitaba ampliar materia. Era, y siempre sería, autodidacta. Pensaba que se perdía la esencia; el arte tenía que nacerse con él.  
Su objetivo solo la quería para ciertas cosas. No lo supo ver. Y no sería porque no la avisaron. Pero estos tipos, ya sabemos cómo son.
Y justo, como ya sabía cómo era, pudo calcular el cuándo.
El cabrón, borracho como una cuba, se presentó como solía hacer, dando tumbos e insultando. Se hizo la dormida. En su cabeza, Bárbara recordaba todas las clases, todos los consejos de su monitora. Tenía todos los músculos de su cuerpo en tensión... Él creyó que ella dormía antes de quedar paralizado. En el más amplio significado de la palabra y a lo largo en el tiempo. Por fin, ambos descansaron.

Mi aporte al 25N. Ánimo y fuerza a todas.
 
Foto:  Anete Lusina en Pexels

SIN TOCAR


 


 

Hemos quedado hoy sábado, de nuevo para lo mismo, pero en plan juego. Saldremos de la rutina diaria porque es el día en el que él, al contrario que la mayoría de los humanos, llega de madrugada a casa.
Hoy, tú y yo nos acariciaremos con las palabras, disfrutaremos en la distancia; absolutamente prohibido tocarse.
Ponemos un sillón frente al otro, la mesa a un lado, cerca de tí. Nos hemos servido unos martinis con vodka y con aceituna incluida. Quedamos en ropa interior y volvemos a repetir las normas; se puede ver, oír y oler. El gusto y el tacto están penalizados.
La reto. Se inclina hacia la mesa, coge un cubito de hielo del martini, y después se recuesta y cruza las piernas como Sharon Stone en Instinto Básico.
—A ver... —comienza—. Estoy arrodillada frente a ti, te sujeto los tobillos y apoyo las manos en las pantorrillas abriéndote las piernas. Por dentro, te comienzo a pasar este hielo hacia arriba con lentitud y dibujando círculos, llego a las rodillas…
El hielo se derrite en su puño, lo acerca a su escote y comienza a refrescarse.
—¿Qué haces? Dijimos que nada de tocarse.
—Y no lo hago, es el hielo quien lo hace.
«Becka siempre es igual», sonrío mirándola para que prosiga.
—Separo tus rodillas, me meto entre tus piernas y deslizo el hielo por tus muslos; por encima y por los lados hasta tu ropa interior. Tu piel se eriza, mi aliento llega hasta tu abdomen, pero me retiro, te miro, lamo lo que queda del hielo y desaparece por completo en mi boca. Tenía tu sabor.
En el sillón, tomo aire, me había quedado casi sin respiración. Es como si despertara de un placentero sueño. Descruza las piernas y continúa:
—Te sigo mirando y me bajo los tirantes del sujetador enredándolos en los dedos, con lentitud. Es de cierre delantero, y en él, hay dos minúsculas gotitas de agua que fueron resbalando por mi escote hasta encontrar obstáculo.
Esta vez no es necesario que lo imagine. En el sillón, frente a mí, es lo que está haciendo.
Se inclina de nuevo para tomar su martini. Lo tiene más fácil, la mesa está a su lado. Supongo que lo tenía pensado todo desde el principio.
—¿Quieres? ¿Te acerco tu vaso? —me pregunta dejando el suyo sobre la mesa e inclinada hacia mí.
Se levanta con el vaso, se acerca y se pone delante. Puedo sentir que tengo todos los músculos en tensión. Se inclina y me lo da. Lo tomo con cuidado, no puedo rozarle ni sin querer su mano. Bebo, mala idea porque lo que más necesitaría es agua, no alcohol. Me queda la boca pastosa. Pero…
Entonces ella hace algo con lo que no contaba, saca el hielo de mi vaso, lo pone delante de su boca, le pasa la lengua…
—El martini deja la piel pringosa —insinúa.
Y se acerca más. Salto cuando toca mi cuello. Las gotas se deslizan hasta mi abdomen y quedan paradas en mi ropa interior. La miro, acerca el hielo a mi boca y me obliga a saborearlo. Me refresca. Está por la mitad dado mi calor corporal, y me lo sigue deslizando por el torso; con cuidado de no tocarme e inclinada. Su maldito sujetador no se cae, vislumbro cuando se agacha, su piel más oscura; la cúspide de sus cimas. La visión hace que me duelan todos los músculos y que necesite muchos más cubitos de hielo sobre mi piel.
El que tiene en su mano se acaba. Me sonríe, se da la vuelta, y contemplo su espalda marcharse con caminar sensual.
Suelto aire. Sigo a la espera. Se vuelve a sentar, pero esta vez con una pose digna de un gánster. Está empapada. Levanta la barbilla porque es mi turno.
—Tal y como estás, me meto entre tus piernas y lo primero que hago es desabrochar el maldito sujetador y…
Sonríe y lo hace. Sus perfectas formas quedan libres mirándome, retándome. ¡Joder!
—Hago como los bebés de arrullo, las enfoco hacia mi boca, las saboreo. Otra de mis manos se desliza por tu contorno, llega a tu ropa interior y deslizo un dedo por el encaje que cubre lo que me separa de ti en esa zona.
Paro de hablar, pero Becka no hace lo mismo que con el sujetador.
—Le doy descanso a mi boca y mi lengua recorre en línea recta el camino entre la llanura de tus pechos y tu ombligo. Donde meto la lengua, donde sé que tienes cosquillas.
Ahora sí que Becka se mueve. Sigo.
—El dedo, mientras, encontró un recoveco entre el encaje que adorna tus muslos y tiró de la tela, apartándola. Ahora... —Becka está muy excitada—. Ahora me levanto y tomo un hielo, pero este hielo no será para mí, cariño. Lo acerco a donde tu cuerpo late, donde más calor tiene ahora mismo. Ante el contacto, pegas un salto. Sí, no tiene comparación con ponerlo en el cuello, pero tú comenzaste, querida. Lo empujo y lo introduzco en ti. Lo extraigo, y al igual que hiciste tú antes, lo lamo. Repito la operación varias veces hasta que es pequeño y me lo meto en la boca…
—Espera —suspira Becka interrumpiéndome—. Solo hay una cosa diferente. Yo sí te toqué con el hielo.
Me mira desafiante, sonrío, me levanto y tomo el otro hielo de mi vaso, me acerco a ella y veo que quiere la representación de lo que acabo de decir, puesto que directamente, se quita la lencería. Cómo no, cumplo sus deseos. Hasta que el hielo se termina.
Nos quedamos así; sin hielo, juntas... Mirándonos y fatigadas. Me levanto y siento las piernas dormidas.
—¿Nos damos una ducha?

Foto: pexels-aleksandr-burzinskij



NOCHE DE PELÍCULA




 

Sábado noche, fui al videoclub a por la película de siempre. Sí, la que nunca terminamos. Una película cómica y entretenida, pero que no hay forma de terminar... Y eso que dura menos de hora y media.
Es que Jimena, no hay forma con ella. Ella es mi chica desde hace unos tres años. Trabajamos y vivimos a unos cuantos kilómetros y cuando llega el fin de semana pues…
Siempre quedamos en mi casa —yo estoy emancipado y tengo un apartamento— con el propósito de pasar una velada típica casera. Suele traer una tortilla de patatas elaborada por sus manos. Esa sí que me la como. Y ahí viene el problema…
Que la tortilla se acaba, quizás también algún pastel, golosina, algo de postre que haya traído yo o ella.
Se acaba, nos juntamos, y ahí mis ojos se van a su cuerpo. Da igual que venga vestida como para ir a un cóctel o para ir a correr al parque cercano. Sé lo que hay debajo de la ropa y ansío verlo y tocarlo tras casi una semana.
Nuestros hombros se juntan y muchas veces, ella se acuesta de lado y apoya la cabeza en mi regazo. Ahí me lo pone más fácil. Porque mi brazo se apoya en su cintura y mis dedos dibujan por su abdomen probando al poco, otras zonas.
O bien delineo cada centímetro de cadera y deslizo la mano por el melocotón que forman sus nalgas, o voy hacia adelante pidiendo sitio entre sus muslos.
Hoy está siendo una mezcla de las dos acciones. Mi mano se desliza y acaba, después de esquivar su nalga; entre sus muslos y por detrás, atrapada entre sus piernas.
Es verano, y viste con una falda de volantes y una camiseta de tirantes. La primera está toda arrugada en la cintura y la segunda evidencia síntomas de excitación a la altura de sus pechos.
No se mueve un ápice y su respiración es inapreciable esperando mi maniobra. Mis dedos tiran de la cinta de encaje que separa su cuerpo de ellos y se introducen en su interior. Jimena se mueve y respira.
¡Está viva! —chilla Frankestein en la película…

Su mano se dirige a mi cúmulo de sangre y bailamos cada uno con la suya en cuerpo ajeno. Se incorpora dando libertad a mis dedos y se pone de rodillas a mi lado, sobre el sofá. Me mira esperando y con ojos encendidos. Yo llevo un pantalón similar a un bañador de esos hawaianos con flores grandes y de vistosos colores, con goma en la cintura. Sin nada debajo. Sus ojos preguntan a qué estoy esperando y para ayudarme en la decisión, se quita la camiseta. Me faltan segundos para deshacerme de él y ser yo, quien con ojos encendidos, suplique que tome asiento. Jimena no es nada indecisa y al momento atiende mi petición; el encaje de su ropa interior es apartado por sus dedos a la vez que guía mi cuerpo dentro del suyo. Ahora soy yo quien no se mueve un ápice, se me corta la respiración y espero a su maniobra.
Al diálogo de la película le sobrepasan nuestros quejidos; a la imagen de la televisión, su torso brillante por el calor del verano. Mis dedos lo recorren impregnándose de su sal, me inclino hacia adelante, y es mi boca la que saborea su piel absorbiendo como si quisiera secarla.
El tiempo no se me hace tan largo, pero de repente y acompañando a mi explosión, suena la música final. Con el volumen tan alto que ponían en las películas antiguas. Perfectamente sincronizado. Supongo que esté dentro del guion sin quererlo. Inclino la cabeza hacia un lado y veo que salen los créditos en pantalla. Otra vez que no la acabamos.
Jimena coge mi barbilla con la mano, me mira y pregunta:
—¿Quieres volver a verla?
Le digo que sí, pero que alguien tiene que ir hasta el vídeo. Se levanta y con la falda de volantes como si fuese un tutú de bailarina se agacha delante del aparato.
—Déjala, mejor no lo conectes. Total, sería ponerla para nada —insinúo de pie tras ella.

 Foto: @Pixabay en Pexels

NOCHE DE REUNIÓN


 


EVA


Son las 8 de la tarde, se acaba la jornada laboral y tenemos reunión. La reunión de fin de mes para presentar resultados. Ocupo la silla de siempre en la gran mesa rectangular. Me gusta ver las calles desde ella.  Afuera llueve y en la oscuridad, las luces de las casas cobran vida como puntitos titilantes, flotando en el cielo.
Compañeros de diferentes departamentos van entrando. Nos vamos saludando. Se van sentando. Tomo el vaso con café —después no dormiré, seguro— y me levanto a mirar hacia abajo desde la undécima planta. La vida en un día lluvioso de invierno, donde pequeños champiñones de colores corretean bajo la lluvia de regreso a sus casas.
Los pies me están matando. Llevo los zapatos negros con tacón de aguja que me elevan a mí y a mi culo, unos cuantos centímetros del suelo. En la sala comienza a formarse un «runrún» de murmullos. Mis compañeros hablan unos con otros. A algunos no les conozco, son de categorías inferiores y no suelo bajar a esos pisos.
«Hoy está tardando más de la cuenta, con la puntualidad que le caracteriza», pienso mirando hacia la puerta continuamente.
Son las 8 y cinco minutos, sigo de pie y por fin, mi Dios entra por la puerta. La cierra, saluda con un gesto a todos y clava sus ojos en los míos. Un instante después recorre mi cuello, mi escote, desabrocha imaginariamente los botones de mi blusa y su aliento eriza mi piel mientras calcula el largo de la falda de tubo de polipiel que esconde  su cena. Cuando llega a la punta de mis pies, carraspea y saluda a todos verbalmente levantando la vista y yendo a sentarse en su silla.


SERGIO


Tenemos la reunión de fin de mes. No soy capaz de domesticar un mechón de pelo y en el baño, tardo más de la cuenta. Me refresco después del día de trabajo. Últimos de mes es caótico, menos mal que la tengo a ella. Desde el momento que la vi por primera vez, supe que era lo que estaba buscando.
Tomo un dossier de mi escritorio, cierro el despacho y me dirijo a la sala de reuniones. En el pasillo oigo el murmullo proveniente de allí. Me entra una especie de taquicardia. Nunca me encuentro lo suficientemente preparado para responder ante Eva.
Enfoco la puerta, el murmullo cesa y saludo con un cabeceo a todos. Y allí está, mirando a través de la ventana hacia la nada. Hasta que creo, percibe mi presencia. Entonces, sus ojos miran los míos, sus pupilas se deslizan y tocan mis labios. Es como si sintiera sus manos sobre mis hombros deslizándose hacia mi cuello y tirando de la camisa. Sus uñas rozan mi piel al abrirla.  La libera del pantalón y sus palmas se posan en mi abdomen subiendo hasta mis pectorales. Es diestra, totalmente, y el índice imaginario de su mano derecha acaricia mis músculos de la que baja de nuevo hacia la parte inferior de mi cuerpo. Hacia el ornamento final. Siento un latigazo que va desde la punta de sus zapatos hasta la de mi cuerpo. Levanto la cabeza, carraspeo y me dirijo a mi silla, donde me siento. Ella hace lo mismo. Cerca de mí, como siempre. Otra vez nos miramos a los ojos, a los labios. En mi boca se forma más saliva de la cuenta.


EVA


Sergio traga saliva, es algo que le sucede cuando se pone nervioso, produce demasiada. La hidratación hace acto de aparición en los dos, cada uno, donde más debilidad tiene. Ahora nos quedará una hora más o menos, imaginándonos y oyendo sin escuchar a nuestros compañeros. Afuera suena un trueno, retumban los cristales y rompe el silencio de la sala.
Comienza la reunión.
Despertamos de nuestra ensoñación momentáneamente, lo justo para las presentaciones, para dictar el orden en el que hablarán nuestros subordinados. La cámara que vigila, y que está colgada sobre la pantalla de proyecciones, nos sacará del apuro los próximos días. Siempre tengo que hacer lo mismo, visionarla y tomar notas de lo acontecido en la reunión. Pero me gusta, sobre todo, cuando finaliza y todo lo que hemos imaginado se hace realidad sobre la mesa en la que ahora están apoyados mis brazos. Esa mesa de madera que cada mes se hidrata con nuestro sudor y nuestro deseo. La que a veces ahoga mi voz. En la que a veces, sobre su borde, descansan los tacones de mis zapatos. Lo único que él quiere que deje puesto. Y como es mi jefe, lo hago. Siempre dice que soy diestra en mi trabajo, y lo demuestro cada día, como secretaria, amante y esposa.

Colaboración con Cleider Araujo, de Instagram.

Foto: Cottonbro en Pexels

EL LIBRO


 



Decían del libro, que tenía más de 400 años y escondía encantamientos y conjuros de antaño.
Había viajado más de cinco mil kilómetros para asistir a la subasta. Pero ya sabemos cómo van los aviones y más, en estos tiempos. Así que ni llegué. Gracias a mis contactos supe quién había sido el afortunado. Un típico señor adinerado y entrado en años. La suma que había pagado, de todos modos, era bastante superior a lo que yo podría haber pujado.
Escogí un hotel cerca de su domicilio, bastante caro, porque el señor vivía en una ostentosa casa en el centro.  Uno de mis contactos me dijo que era viudo y que solía ir a cenar justamente, a donde me alojaba yo.  El hombre en cuestión portaba un sello en su mano derecha, en el dedo meñique. Era una característica que podría ver a simple vista, no en vano tendría que acercarme.
Afuera estaba oscuro y las calles de la clásica ciudad me hacían recordar las películas antiguas de asesinos en serie. Con el frío que hacía, no había ni un alma. Me senté en una mesa cerca de una ventana, desde allí veía la puerta de su casa.
Pedí un vino de indeterminado nombre y el camarero se acercó con la intención de tomar nota sobre mi interés culinario. Le respondí que esperaba a alguien y que con el vino, estaba más que satisfecha.
El salón comedor comenzó a llenarse de gente. Todos emperifollados como si fuera Nochevieja. Las mesas libres casi habían desaparecido. Esa situación me interesaba. De la casa no había salido nadie aún. Aquella luz en el segundo piso seguía encendida. ¿Estaría enfermo? Pasaba casi media hora de las nueve de la noche. En las demás mesas comenzaban a degustar unos platos adornados con «algo» de comida, y el camarero me miraba con cara fastidiada. Normal, llevaba hora y media con la botella de vino.
Alcé la mano y se acercó con sonrisa forzada.
—Estoy esperando al señor que vive allí —le dije señalando la casa.
—Ah, sí. El anciano señor Esteban. Ya, no sé, es raro que no esté aquí. ¿Quedó con él a una hora determinada? Suele venir más pronto. Mucho más pronto.
El semblante del muchacho había cambiado y sonreía más a gusto. Supuse, que por las buenas propinas que recibía.
Decidí sonreír yo también, pagarle la botella de vino y disculparme con que iba a ver qué había sucedido.
Le dejé propina suficiente y allí se quedó, limpiando la mesa donde yo había estado para que algún burgués se acomodara.
Salí y me quedé helada. Más que helada. Metía los tacones de aguja en las separaciones de las baldosas y me acordaba del nombre de Dios en todos los idiomas. Con solo el vestido de tirantes bajo el abrigo de imitación a piel de no sé qué, estaba tiritando. Pero era lo único elegante que había traído en mi maleta.
Abrí la portilla de la casa y miré hacia la ventana cuando la bisagra avisó de mi intrusión. Ni una sombra. Subí cinco escalones de piedra y me quedé ante una imponente puerta de madera antigua con una hermosa aldaba en forma de león. No había timbre moderno, así que la usé.
Nada.
Pensé en insistir más fuerte y con el ímpetu, la puerta reaccionó. No estaba cerrada. ¿Qué coño?
Me subí el vestido y de una liga pasada de moda, solté un cuchillo de filo fino y puntiagudo. Abrí la puerta.
Estaba puesta la calefacción y no parecía haber nadie. Me quité el abrigo y lo dejé colgado de la barandilla de la escalera. Con comportamiento felino fui entrando en todas las estancias de la parte inferior. Nadie.
Miré la escalera y subí. La madera crujió levemente por más que intenté que no lo hiciera. Llegué arriba y vi la puerta abierta y la luz salir de una habitación. Las demás puertas quedaban tras de mí, pero estaban cerradas. La que más me interesaba estaba delante de mis narices.
Me acerqué, despacio, con oídos de perro. Nada, silencio. Un silencio mortal.
Cuando me paré delante, mi boca ahogó el asombro. Sobre la cama, en medio de un charco de sangre, estaba el señor con el cuello desgarrado.
Comenzó a acumularse adrenalina en mi cuerpo y entré; me acerqué. Confirmé que en su meñique había un sello. Un sello que conocía bien. Hacía tiempo que no lo veía. Desde que había renegado de la familia.
Levanté la vista y en su magullada cara me pareció ver cierto parecido conmigo.
Sí, allí estaba. Mi padre, el que me había contado historias de brujas de pequeña, el que me había hablado del libro y el poder que encerraba.
Oí detrás de mí una tabla del suelo. Me giré.
Mi gemela se me había adelantado sesgando la vida de padre.
—Nos lo metió en la cabeza, hermanita. No me recrimines nada. Hice, lo que había que hacer.

Foto:  Cocoparisienne en Pixabay

LA GATITA DE EYRE


 


Hola, muchas y muchos ya me conocéis porque mami se ha encargado de ello. Y también sabréis, que soy protagonista de un libro «Mina, casi humana» y co-protagonista de otro, «Llega la noche, Eyre».

Sin entrar en más explicaciones sobre ellos, aquí y ahora, voy a contar por qué mi personaje del segundo es... Como es…

¡Cámara y acción!

Corrían los años 60, año arriba, año abajo y, como muchos gatitos callejeros y salvajes, vivía pasando frío en la calle. De aquella, la gente no tenía casi para alimentarse ellos, y bien poco, podían hacerlo con las colonias gatunas.

Un día, un señor muy elegante, se paró ante mis hermanos y yo, que estábamos comiendo unas raspas de sardina. Mis hermanas y hermanos salieron disparados y yo, no sé por qué, no. Se agachó y me tocó la cabecita. Olía bien, los gatos percibimos vuestras hormonas y al instante, supe, que le gustaba. Subí mi rabito y froté la cabecita contra su mano. Entonces él, con las dos, cogió mi delgado cuerpo y me resguardó dentro de su abrigo. Me iba hablando bajo, con cariño, y yo estaba la mar de a gusto con su calor corporal.

Caminamos por la oscuridad un tiempo y después, llegamos a una casa tan grande, que su tejado se perdía en el cielo. Un cielo, oscuro; oscuro como boca de lobo.

Entramos en la casa, estaba silenciosa, y noté al hombre nervioso. Yo, no. Simplemente estaba a la expectativa. En un lugar frío y con humedad, me dejó sobre una tabla de madera. Me senté, y lo observé. Apareció una caja de cartón con agujeros y una cinta roja. Me miró, sonrió, y me habló abriendo la caja.

Salté adentro y me senté, mirándolo. No hacía falta nada más. Olía su ilusión. La cerró con una tapa y mientras me hablaba con cariño, vi que a algunos agujeros, la cinta los cubría. Comenzó a caminar y yo, por uno de esos agujeros, fui viendo por dónde íbamos. Pasamos a otro lugar más iluminado y subimos por una escalera. Sus pasos resonaban, se detuvo... Delante de mí había una puerta. Sonaron unas bisagras y... Vi a mamá…

Bueno, mamá, no; la de mentira, Eyre... Que nos liamos. Recuerda, que estoy hablando de mi personaje.

Sigo…

Tenía una voz maravillosa y estaba emocionada. Los dos se hablaban con cariño. Dejaron mi caja sobre una mesa y al poco, la cinta que había tapado los agujeros, desapareció. La tapa se comenzó a levantar y... Vi a una mujer de piel blanca, inmensos ojos azules, pelo rubísimo y una hermosura que hacía daño.

Me tomó con suavidad por debajo de mis patitas anteriores y me arrimó a su pecho. Estaba fría, pero, al momento dejé de querer al señor, para quererla más a ella. Mi corazoncito había elegido. Me dio millones de trillones de besos helados. Al señor, unos menos.

🐱🐱🐱🐱🐱

Crecí feliz, haciendo compañía a Eyre y a Marco, y siendo mimada por absolutamente todos los habitantes de la casa. Comprendí, que eran diferentes unos de otros. Marco, era quien era diferente...

Con el tiempo, me comencé a encontrar mal. Muy cansada; me faltaba el aire, tenía poca energía... Fuimos a ver al médico de los gatos y el diagnóstico fue fatal. Para mamá, más que para nadie (ojo, mamá Eyre, aunque esto tiene que ver con mi pura realidad).

Comencé a empeorar y a ver a Eyre muy triste. Un día, ella y Marco hablaron a escondidas de mí. Ese mismo día, cuando estaba dormida, sentí los besos helados de mamá y..., sus dientes sobre mi cuello. Dolió, vaya que sí. Me dormí de nuevo, y después desperté diferente.

Sentía unas ganas de correr enormes, una fuerza como la de un león, un hambre como si fuera una pantera, pero... Oh, solo me apetecía una cosa: sangre…

Dedicado a todos los gatitos con Inmunodeficiencia Felina.

APOCALIPSIS


 



Los desplazamientos en cualquier medio por carretera fueron prohibidos. Casi no podías ir ni a un kilómetro de tu casa para comprar alimentos. Si lo hacías caminando, también te podían parar. Entonces, te preguntaban a dónde ibas. Te exigían fotografías de tu frigorífico, alacena, despensa y similares; para justificar, que estuvieras en la calle.


Subieron las tarifas de luz y gas, agua, e internet. Dijeron, que era por la demanda y para poder mantener las infraestructuras. Sin embargo, esos servicios, cada vez tenían más caídas.

Decían que el sol te podía derretir la cara como si fueras de cera. Pero no se ponían de acuerdo en qué lugar y hora del mundo, podía suceder eso. De toda la gente que conocía, esta a su vez, no conocía ningún caso cercano.

Por lo visto, los síntomas comenzaban por la piel, que te empezaba a picar como si te hubieras caído entre ortigas. Después sentías comezón, y al llevarte las manos a la cara, estas se acababan hundiendo en ella con la facilidad a como las hundirías en una bechamel para croquetas.

Pasó el tiempo, necesité víveres, y se me antojaron otros artículos que me apetecía tener, y que estaba en mi derecho de adquirir. Así que, me fui por la orilla de la carretera; por la hierba que ahora pastaban las vacas, caballos y cabras ,que campaban a sus anchas por la ciudad. Las tiendas seguían abiertas decían que, «para lo básico». Y lo básico en mi caso, era un ordenador con el que hacer lo que tenía pensado.

En el camino me encontré a algunas personas, ni palabra nos cruzamos. También teníamos prohibido hablar. Era demasiado pronto para que nos pararan, amanecía, y a esas horas todavía no salían a patrullar. En mi móvil llevaba un justificante para poder entrar a la tienda de electrónica porque se lo tendría que presentar al guardia que estuviera en la entrada. En el bolso de la chaqueta, mi identificación como miembro del consejo de Investigación Científica.

No me giré cuando la última persona con la que me crucé, comenzó a chillar. Apuré el paso. Llegaba la hora y este, era el lugar que me habían dicho.

Gracias, Lola, por motivarme con tu arte. La podéis seguir en;

https://www.instagram.com/lola_dominguez_oficial


EL SUEGRO


 

"El suegro". Así llamaban al cabrón que tenía comprada media ciudad y era verdadero dueño de la otra media. Un gangster venido a menos gracias al alcohol, las drogas y las malas compañías. Por supuesto, no tenía familia, solo personas interesadas en el momento. Gordo y fofo con la edad; y aún más estúpido, cada vez fue creyéndose más alguien. Su dinero compraba todo. 



Vivía como él quería; sin problemas. Para eso tenía a su servicio varias copias tontas del peor 007 de la historia. Los años fueron pasando y su momento, también. Otros llegaron ocupando su puesto. No era tan necesario tratar los temas con él, la crisis lo alcanzó y perdió muchos negocios; por lo tanto, poder. Y con el poder, su fuente de ingresos y sus mejores hombres. Su maltratado cuerpo comenzó a quejarse, era tiempo de recoger la cosecha de años de siembra.


Su ex mujer vivía, aunque ya lo sabía.

«Se conserva bien», pensó cuando ya no podía estar sin su morfina y ella regresó. Iluso, creyó que donde había habido fuego, habría cenizas. Pero no, ella se inclinó y le besó la frente.

—Estarás en paz conmigo— le susurró mientras le inyectada el vacío en un brazo con una jeringuilla sin contenido líquido.

Días después, la casa se engalanó en honor al dueño. Su ex mujer, una dama elegante, y ya poco recordada, habló en nombre del hombre sentado en la silla de ruedas que tenía a su lado. 

—En cuanto lo supe, volví para cuidarlo. Los médicos dicen que vivirá; pero el pobre, ya casi ni habla. Dicen que fue por la impresión de volver a verme. Gracias a todos por asistir, que siga la fiesta.

Foto: Ntnvnc de Pixabay

ACCIDENTES


 



Allí estaba, sujetando con fuerza el volante, y con las uñas clavándose en las palmas de sus manos, aguantando la respiración. Estaban a punto de aparecer las luces, era la hora. Todos los días pasaba por allí para volver a casa, al anochecer. Pero ese día no iba a regresar; no iba a volver a ponerle una mano encima.
Arrancó el coche y sin luces, aceleró. Las revoluciones subían, el volante vibraba y el pedal, más no bajaba. Seguía por su carril, cogiendo velocidad. En el contrario apareció un haz de luz; su coche. Este no venía rápido. Volver a casa era un suplicio, le había dicho en más de una ocasión, y bebía para soportarlo. Después, lo pagaba con ellos. Dio un volantazo y cambió de carril, encendió las luces y se le echó encima. Se escuchó un estruendo enorme. Vidrios hechos añicos y metales retorcidos en perfecta simbiosis. Después, el silencio. Solo un gotear de aceite, gasolina, agua y sangre.

Foto: Melodiustenor en Pixabay.

CAPERUCITA


 



Marianela, recuerda la última conversación con su madre. Era una tarde con mucha niebla e iban, como casi todos los días, a casa de la abuela a llevarle comida. Atravesaban el bosque que separaba una casa de la otra porque era más rápido. Ir por la carretera era dar muchas vueltas. Siempre contaban con volver cuando aún hubiera luz. En caso contrario, su madre decía que era peligroso. No sabía cuánto.

—Mami, porfa, me quiero quedar con el lobo. Llevémoslo a casa...

—No podemos, Marianela, es un animal salvaje.

—Pero mamá, está aquí a mi lado y no hace nada. Además, es pequeño, podríamos criarlo...

—He dicho que no; y levántate de ahí, que vas a teñir tu vestido blanco.

—Me da igual. —Marianela se cruzó de brazos y arrugó la nariz—. Si no me dejas, yo... Yo...

—Tú, ¿qué?

La niña se levantó y  miró al animal.

—Lo siento, ya te dije que mamá no nos iba a dejar estar juntos...


Minutos más tarde, una niña buscaba salir del bosque junto a un hermoso lobo. Su madre había tenido razón y su vestido se había teñido; de rojo.

Foto: Eagle_Arts en Pixabay.